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Jueves 19 octubre 2017
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Qué es el “ser social”

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Por: Salvador Mancillas
Desde la época de los griegos se acepta que el hombre es un ser social por naturaleza. Es en ese sentido igual que las hormigas y las abejas.
Estos insectos constituyen lazos para construir el panal y el hormiguero, o para producir la miel o los almacenes de la reserva alimenticia.
Muchos animales no sólo son constructores, sino que construyen en colaboración con otros.
El poeta Maurice Maeterlinck describe la vida de las hormigas y de las abejas de un modo tan extraordinario, que uno queda con la sensación de que las sociedades de estos insectos son mucho más perfectas que las imaginadas por el hombre.
Ni la República platónica, ni la Ciudad del Sol de Campanella, ni la Nueva Atlántida de Francis Bacon, ni la Utopía de Thomas Moro, parecen tan fantásticas como la de esos pequeños animales.
Sin embargo, los aguafiestas liberales señalan que no todo es idílico en esos colectivos naturales. Poseen, dicen, una organización jerárquica que, por lo mismo, es injusta. Hay ahí obreros que trabajan y zánganos que no hacen nada (excepto el amor con la abeja reina).
Además, afirman, los insectos no conocen la libertad. Las sociedades humanas que los emulan algo caricaturescamente, son sistemas de castas con regímenes de autoridad excesivamente rígidos. Pero así como decía Giambattista Vico “no hay sociedad sin dioses”, tampoco la hay sin jerarquías.
Estas existen hasta en el llamado “mundo libre”. Aunque el hombre inventó la sociología (y las ciencias sociales en general) para entender su propio comportamiento en su convivencia o lucha con sus semejantes, mucho me temo que ni siquiera ha logrado comprender qué significa el hecho de que seamos precisamente eso: “seres sociales”.
Esta condición natural se asume sólo como una evidencia apodíctica, como algo “que se entiende de suyo” y no requiere más explicación. Sin embargo, esta especie de caja negra se ha prestado casi siempre a presupuestos peligrosos.
Aunque la ciencia ha evitado comparar nuestra “socialidad” con la de las hormigas, (no lo considera políticamente correcto) la sociología tradicional, desde su fundación hasta su crisis actual, ha partido de modelos de sociedad tomados de la naturaleza.
Se le ha considerado, por ejemplo, un organismo en el sentido moderno, es decir, en el sentido establecido por la biología dominante: como un sistema de funciones mecanizadas, con un centro cerebral que controla la actividad de las partes.
Este modelo pernicioso, pero históricamente necesario, fue impuesto por el positivismo decimonónico al amparo de las primeras revoluciones industriales y tecnológicas, pero ha entrado en decadencia a partir de los años cincuenta del siglo XX, es decir, en la señalada época post industrial o post moderna.
Las representaciones científicas de la sociología no han evitado, pues, las metáforas, tomadas de una naturaleza ya sea “modelada” por la física, la biología, le genética o la anatomía. Aún hoy, se impone la idea de la sociedad “red”, cuyo origen más remoto se encuentra en la descripción de los tejidos por parte de la fisiología del siglo XVIII.
¿Qué es, pues, la sociedad? La pregunta parece más filosófica que sociológica, pero se le puede sustituir por esta siguiente, más situada en la dinámica terrenal: ¿Cuándo se puede hablar de que en el comportamiento humano existe algo que puede denominarse fundamentalmente “social”? Esas condiciones mínimas en las que un vínculo se mantiene, tendrían que ser algo así como un “quantum social”. Aquí el verbo “mantener” es muy importante: hay vínculo o relación social inclusive en el conflicto, por lo que es necesario renunciar a las imágenes físicas que describen “rupturas”, “alejamientos”, “abandonos”, etc., pues estos son, además, elementos literarios que dan cuenta de una realidad, pero no la explican (y puede que hasta la deformen).
De alguna manera, las ciencias sociales han entendido esta naturaleza “demasiado estructurada” como eso que, metafísicamente, podríamos denominar “ser social” o “socialidad”.
Es una estructuración que vincula indisolublemente al individuo con la especie, aunque la ideología liberal no nos permita representárnosla cabalmente. A cada momento actuamos y “nos actúan” nuestros semejantes (vivos o muertos).
Si los modelos sociológicos actuales de sociedad parecen agotados, quizá la idea de “quantum social” proporcione diferentes elementos epistemológicos y diferentes perspectivas: puede permitir, sobre todo, abandonar la idea de sistema y de función, tan caros al pensamiento sociológico moderno y que hoy parecen ya insuficientes.
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