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Jueves 19 octubre 2017
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El perfil del atacante escolar

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Salvador Mancillas

No existen, en realidad, unos rasgos definidos de los jóvenes que han atacado con furor asesino a compañeros y profesores de sus propias escuelas, en diferentes países, en especial en Estados Unidos. Las características psicológicas son variadas y hasta contradictorias, lo que hace difícil de explicar el impulso que ha llevado a esos adolescentes a matar.

Oscilan entre los 17 y 21 años de edad. Entre ellos hay jóvenes ricos, pobres y de clase media; algunos han padecido acoso escolar, pero otro gran porcentaje suele llevar una vida amigable y de compañerismo ejemplar. Tampoco tiene que ver la capacidad de estudio, pues se pueden encontrar desde buenos y medianos estudiantes, hasta malos, flojos y desinteresados en absoluto en las labores académicas.

Puede sorprender, inclusive, que no tengan que ver las enfermedades mentales, porque sólo en una muy pequeña porción de los asesinos investigados fue posible encontrar rasgos esquizoides o psicopáticos. Cierto es que en un 75 por ciento de estos casos en Estados Unidos se trata de chamacos solitarios y objeto de acoso escolar; pero también es cierto que el resto suelen ser jóvenes sociables y aparentemente sanos en cuerpo y mente.

¿Qué es lo que lleva, pues, a estos jóvenes a exterminar a quien se le cruce en su camino, así se trate de profesores, directivos, compañeros, amigos o apenas conocidos?

Desde hace más de treinta años se ha culpado a los medios de comunicación y a algunos géneros musicales considerados “violentos” por los adultos; pero esta acusación es prácticamente una tontería. Es posible que esto haya tenido que ver con algunos casos, pero no en la mayoría. La mayor parte de los adolescentes homicidas ni siquiera mostraron nunca “fascinación por las armas” ni por melodías “decadentes”.

Sólo hay un rasgo desconcertante que se repite invariablemente (aunque habría que corroborarlo en el caso del Colegio Americano del Noreste, de Monterrey): todos los ataques han sido premeditados, algunos, inclusive, hasta con un año de anticipación.

Este dato permite aventurar una hipótesis psicosocial, como la que propone la doctora Helen Smith: debe haber presencia de pensamientos distorsionados por un largo tiempo, producto de algunos factores estresantes que tienen que ver con la organización de la escuela y la desatención de los padres.

En las escuelas modernas, el surgimiento de fantasías de exterminio y de deseos de “querer mandarlo todo al diablo” es más común de lo que se cree, entre los adolescentes. Debe haber, sin embargo, muchas situaciones desencadenantes, (abusos, insultos frecuentes, desesperanza depresiva, agresión de la autoridad, etc.) pero que tienen una expresión psicológica definida: la desvalorización del sujeto; es decir, una sensación de valer poco que tiende a deshumanizar las relaciones con los demás, quienes son vistos, a su vez, como objetos hostiles, no como personas.

Lo recomendable, en conclusión, es revisar las relaciones interpersonales al interior de las escuelas, las funciones de las autoridades y la organización académica; pero también, es menester demandar una participación estrecha de los padres en la formación de sus hijos. No hay de otra, a reserva de que los científicos sigan estudiando estos desafortunados casos de violencia desmedida para llegar a mejores conclusiones. (El autor es filósofo y doctor en psicología).

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